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Punto de fuga digital

El precio de la inmortalidad

 

Baños termales en las ruinas romanas de Pamukale (Hierapolis)

 

Los magistrados romanos (así se denomina genéricamente a los cargos públicos) eran con frecuencia evergetas, benefactores que conseguían prestigio con magnánimos estipendios para financiar la construcción de edificios públicos, organizando distribuciones (banquetes, repartos de grano, aceite o dinero) y espectáculos, abriendo gratuitamente las termas o incluso saldando balances negativos con su propia fortuna. Con ello pretendían el honor de tener su estatua o al menos su nombre en lugares públicos. No olvidemos que en la creencias religiosas de griegos y romanos no figuraba el paraíso, la inmortalidad significaba permanecer entre los vivos.

En nuestro país ya es costumbre buscarse apoyos electorales prometiendo reducciones de impuestos o subidas de pensiones, no importa tanto el efecto inmediato como valorar las posibles consecuencias indeseables a largo plazo. Pero nunca se había prometido dinero contante y sonante, sin otra justificación que repartir excedente de los impuestos. Sencillo, basta no gastarlo ni invertirlo.

Imagino, se trata de mantener poder, no tanto de la inmortalidad, y si así fuera se merecerían ostracismo eterno, aunque a veces el olvido sea el mejor bálsamo. Lo que no es óbice para que determinadas fórmulas de hacer campaña estuvieran sujetas a pacto o regulación.

 

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