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Punto de fuga digital

Magdalenas

Las magadalenas, no sé si por Galdós o Buñuel, o quizá ninguno de los dos, todo sea un error de la memoria, me recuerdan a meriendas de café con leche en casa de señoras aburridas con curas gordos los domingos a la tarde. Esa percepción ha cambiado, la vida tiene referencias que nos hacen sentir con sólo nombrar objetos o  lugares. No imaginaba que alguien me fuera a esperar en la boca del metro con unas magdalenas. Igual que el cariño, necesitan de masa, fuego lento y horno, después como todo lo mejor de la vida, de nada sirve si no se sabe compartirlo.

 

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4 comentarios

Cosechadel66 -

Venga, para la próxima, el café le pongo yo.

Carpe Diem

Moli -

Hace tiempo que aprendí que hay gente que necesita mucho para sentarse con otros. Necesita tarjeta de presentación y para unirse a la conversación necesita ser reconocido y agasajado como corresponde. Pero ya hace tiempo que me siento feliz y ahí radica la felicidad, cuando se disfruta por que sí, compartiendo lo que se es y todo lo que uno es capaz de hacer más allá de lo que los demás esperan o conocen. Esa es la magia, atreverse a ser, sencillamente y sentarse como uno más. De ahí, hace tiempo que he visto surgir lo mejor, reconocerse valisosos y valiosas, personas e ideas de quienes y de donde nadie espera... simplemente con un café y un dulce...el mundo mejora, mágicamente. Eskerrik
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Miguel -

Excelente ese juego de magdalena y Magdalena del principio del comentario. Un personaje que da mucho si, meretriz, luego mujer enamorada y doliente.
La magdalena de Proust poco se parece a las de lo personajes que menciono, dando cabo de ellas a dos "carrillos".

Mariaje -

Es que ya se sabe...lo de las Magdalenas tiene mucha "miga".
El término, ademas del deleite culinario, lo mismo te sirve para una "llorona", que para una meretriz arrepentida.
Y si ya nos ponemos trascendentales...no tienes mas que recordar las sensaciones de Proust:

...Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro triste día tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme esa alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos...

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